Quien escribe esto ya conocía al profesor Juan Carlos. No de vista, sino de haber sufrido en carne propia la decepción académica más grande de mi carrera. El semestre pasado cursé Cálculo Integral con él, y aunque su calidad como docente era innegable, el comportamiento deplorable de mis compañeros logró lo que parecía imposible: que un curso de al...
Pros: Excelencia docente: Juan Carlos es, sin lugar a dudas, un profesor de primer nivel. Su conocimiento es profundo, su didáctica es clara y su compromiso con enseñar bien es genuino. Los contenidos fueron abordados con rigor y coherencia.
Evaluaciones bien estructuradas: Hasta antes del último parcial, los exámenes estuvieron perfectamente alineados con lo enseñado. No hubo sorpresas ni preguntas fuera de lugar.
Disposición constante: El profesor siempre estuvo disponible para resolver dudas y ofrecer apoyo académico.
Intención inicial de mantener el nivel: Durante la mayor parte del semestre, Juan Carlos demostró que quería un curso exigente. Su error fue no sostenerlo hasta el final.
Cons: Falta de preparación generalizada: Nuevamente, una gran porción del estudiantado demostró que no tenía el nivel mínimo para enfrentar Cálculo Vectorial. Y lo peor: no hicieron nada por subsanarlo.
Cultura del facilismo: En lugar de esforzarse, prefirieron organizarse para presionar al profesor. Las súplicas, los correos colectivos y las quejas en clase fueron la norma. La actitud fue la de un grupo que exige que la montaña se mueva porque ellos no están dispuestos a escalarla.
Desigualdad institucionalizada: La decisión de enviar el examen para la casa perjudicó a quienes sí nos preparamos. El mérito, el esfuerzo y la constancia quedaron nuevamente desvalorizados.
Frustración recurrente: Ver que el mismo escenario se repitió un semestre después fue un golpe duro. No es solo una decepción académica, es una decepción humana. Me pregunto si vale la pena seguir esforzándome en un entorno donde el que estudia es el perjudicado.
Incoherencia con el prestigio institucional: Resulta insólito y francamente vergonzoso que, en una universidad que se precia de ser la mejor del país, haya estudiantes que no solo rehúyen al esfuerzo, sino que logran, mediante presión colectiva, rebajar el nivel académico de un curso troncal. Esta conducta empaña el nombre de la institución y desmotiva a quienes aún creemos en la educación basada en el mérito.